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Jan
10
2010

Apenas a 45 minutos de San Miguel de Allende, Mineral de Pozos tiene el encanto de un auténtico pueblo minero abandonado y gracias a un escaso pero exigente grupo de admiradores, ofrece buenísimas instalaciones para dormir y comer en plena tranquilidad.

 

 

San Miguel es notorio en México por su enorme comunidad de extranjeros, principalmente norteamericanos retirados o semiretirados, que por casi medio siglo han dotado a la ciudad de un carácter distintivo: ahora es ordenada y carísima, y deja detrás suyo una estela de extraña filantropía. Pues bien, no lejos de ahí está Pozos —un auténtico pueblo minero de piedra blanca fundado en 1576, y cuya última mina cerró en 1927—, un sitio que complementa perfectamente a la demasiado emperifollada sociedad de San Miguel

 

Sus profundas minas se abren abrupta y peligrosamente en el matorral del desierto junto a un hospital abandonado que aguarda bajo el intenso sol. Un “cuidador” sin palabras llamado Don Raymundo se pasea por la mina de Santa Brígida como un profeta bíblico enloquecido mientras caídas cavernosas revelan dramáticos movimientos en la roca amarilla; una intrincada y violenta historia que nadie conoce realmente.

 

Los espeluznantes misterios de Pozos
Como en todo pueblo fantasma, en Pozos se oyen todo tipo de historias. Por ejemplo, se dice que su reputación está subiendo a nivel mundial y pronto será el nuevo San Miguel de Allende. También hay teorías de la conspiración según las cuales el apoyo federal hacia el turismo es escaso porque existen planes ocultos con compañías canadienses para extraer el oro y la plata que aún residen 90 metros bajo suelo.

Algunas versiones dicen que Pozos tuvo una población de 70 mil habitantes durante el auge minero de fines del siglo XIX, otras dicen que fueron 300 mil. Pero todos concuerdan en que ésta se desplomó, ya sea a 4 mil o a sólo 300 en cuestión de semanas. Para unos la explicación es la Revolución, y otros aluden a la perforación accidental de una roca acuífera después de que se nacionalizaron las minas, lo que resultó en una inundación desastrosa y la trágica muerte de entre 11 y 13 mil hombres.

Sea como sea, los túneles de viento esculpidos en la mina de Santa Brígida, agrietados por el calor y reforzados con enormes rocas, componen un paisaje cautivador que —predeciblemente— ha sido utilizado como foro para numerosas películas. La belleza y el peligro del lugar son realmente alucinantes. Santa Brígida, con excavaciones de 400 metros bostezando en el desierto sembrado de minerales, está llena de agujeros sin un solo pedazo de reja ni letrero de advertencia a la vista.

“Ésta es una caída de 600 metros”, me dijo Philip, aventando una roca a su boca cavernosa. Cuando oímos el eco sordo al fondo, parecía que había pasado una eternidad.

El emblema de Santa Brígida son tres chimeneas solitarias y un puñado de edificios que incluyen un hospital color blanco y marrón que aún conserva la mayor parte de sus cuatro muros. Puede que don Raymundo, el sabio anciano que se encontrará tambaleando entre las plantas, le cuente “la tragedia” si se gana su confianza. O puede que sólo lo ignore.

Aunque pueden visitarse varias de las minas, Los Cinco Señores es la única que puede comparársele a Santa Brígida. Operada entre controversias por un ejido local, fue bautizada en honor de sus cinco dueños españoles, y valen la pena las vistas desde su torre.

Las cisternas y sistemas para enfriar el agua aún pueden verse en la entrada y los visitantes pueden gatear por uno de los caminos con Jesús Velázquez, el guía local, alias “El Chino”. Eso sí, el paseo es apto sólo para quienes no sufren de claustrofobia: tras caminar 30 metros hacia el fondo de la tierra, hay que gatear (“El Chino” provee de cascos con luces) por unos 100 metros antes de poder caminar como un kilómetro bajo tierra.
Tomamos una de las vueltas a la derecha y llegamos a otra caída repentina. “A este lugar le hacen falta urgentemente barandales”, ríe el guía solitario tirando una segunda piedra. Esta vez oímos un rugido: había agua allá abajo.

La emoción que ofrecen estas minas es iniciática, una mezcla de viaje a través del tiempo —pueden verse los sitios donde se sacudía a los trabajadores antes de irse, en caso de que hubiesen escondido un pedazo de mineral en sus bolsas— y una sensación de reverencia por la magnificencia y el peligro de la naturaleza.

“Tan maravilloso, y sin futuro aparente”, dice Philip de Pozos, con una sonrisa que delata su obvia resignación, mientras nos volvemos parpadeando en medio del polvo y el sol.

 

 

http://www.revistatravesias.com/numero-48/fin-de-semana/mineral-de-pozos-los-encantos-de-un-pueblo-fantasma.html

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